Apuntes sobre Los versos de la memoria

Por Ivette Vian

Escritura hecha con lo que sucede en el corazón. Son palabras- espejo que reflejan al poeta.

            Fernández Pavón ha ido por la vida y el mundo diciendo lo suyo. Él necesita sacarse lo que lleva dentro, lo que descubre en el pozo de su corazón. Cuando abre su camisa frente al espejo, ¿qué ve?  No ve nada: Reynaldo escucha. Al brocal de su pecho mestizo (fondo del pozo) él se asoma y escucha que le hablan de lejos.

            Ojos dormidos. Ojos enormes. Ese señor que mira a media asta, en verdad va escribiendo el testimonio de su reino.  La mirada de Reynaldo se extravía en el metro de New York: porque nadie sabe que es la mirada de sus ojos.

            Quizás nadie lo supo nunca.

            Va escribiendo en el aire. Ese hombre que se desplaza sentado va volando y vuelan las grullas que se le salen entre huracanes de humo; grullas coronadas que aletean fuerte, molestan a los viajeros. Esas alas tan largas son de África, ecos de luz. Finalmente, la poesía –pájaro eterno de la quimera- se posa sobre un hombro de Reynaldo, clava sus garras en el abrigo demasiado grueso del isleño que va sentado en el tren de hielo.

            Nadie llega a saber nunca la poesía que oculta el corazón del prójimo. La descubre sólo algún semidiós que llora; resultan pocos los semidioses, son jóvenes, aunque sean abuelos de muchos nietos. A veces, es el que espanta de su hombro a la grulla, para que la madre se le pueda recostar a dormir.

            El largo pico de la grulla atrapará el instante de inmortalidad, mientras el poeta nace, vive, muere, renace siempre.    

            Al mismo tiempo que escribe o canta –que aparecen sus palabras-   lo veo a él, tocando un piano como si todo flotara. Siempre es de noche. Siempre es en La Habana. Su poesía es su verdad: antes de ser estaba en su corazón. 

            Esta vez, renace en la voz –ronca, latente- de Fernández Pavón. Porque cuando iba sentado en el metro de New York, él cantaba en el malecón habanero. Esa es la verdad verdadera. (¿Uso romántico de la Razón Musical? ¿Renacimiento constante del emigrado? La poesía.)

             ¿Cómo un sinsonte cantando en la nieve? 

              ¿Va ese pajarito de la tibieza en el tren de hielo…?  Es el renacimiento del ocaso.

           ————————————————-

Yvette Vian Altarriba

Escritora, poeta, periodista y guionista de televisión, publicó una veintena de libros de narrativa infantil y creó numerosas series para televisión, entre las que destaca el popular espacio infantil de televisión La Sombrilla Amarilla.

Autora de una reconocida obra para niños, en que se entremezclan imaginación, gracia, humor y fantasía, a través de un discurso de raigal cubana. Ha creado igualmente, series para la televisión con gran arraigo para el público infantil.

Licenciada en Historia del Arte en la Universidad de La Habana.

Ha publicado los libros de narrativa para niños Como te iba diciendo (Universidad de la Habana, 1977), Premio 13 de marzo 1977; La Marcolina (Gente Nueva, 1987), Premio La Edad de Oro 1985; Mi Amigo Muk Kum (Gente Nueva, 1989), Premio La Rosa Blanca 1989; Casa en las Nubes (Unión, 1998), Premio La Rosa Blanca 1999; Del Abismo al zun zún (Gente Nueva, 2001), Premio La Rosa Blanca 2001; Una Vieja Redonda (Unión, 2005), Premio de la crítica literaria 2005; La Sombrilla Amarilla (Gente Nueva, 2005); La Felicidad y Jardín (Gente Nueva, 2007); Todos mis cuentos (, 2012).

Es autora también del poemario para adultos La Ley de la Verdad (Letras Cubanas, 1979), primera mención concurso 26 de julio, 1978 y primer premio concurso XX Aniversario de la Alfabetización, 1981, y de la guía turística Pinar del Río (Publicitur, 1994).

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1959. Cuba el ser diverso y la Isla imaginada

Presentan en Miami el libro 1959. Cuba el ser diverso y la Isla imaginada

del escritor Manuel Gayol Mecías

El hecho de ser cubano es una broma muy seria, incluso es un juego profundo de identidad. Desde hace muchos años, la “cubanidad” anda desperdigada por el mundo, afectando o favoreciendo a otros lares y, al mismo tiempo, enriqueciéndose, por la aculturación y la transculturación. Pero algo que refleja todo esto, y de lo que nunca se ha hablado, es la imagen que ha desprendido el cubano a lo largo de su historia, debido a su carga psicológico-imaginativa que muchas veces ha llevado al cubano a confundir la realidad concreta: su entorno, su sociedad, la política misma con una espejidad imaginativa, a veces de profunda negatividad humana.


La intuición
Para hablar de la imaginación hay que proyectar las ideas mediante la intuición. No creo que de otra manera pueda analizarse (aun el hecho de realizar indagaciones) el mundo imaginario que rodea la dimensión profundamente psicosociológica de las personas, más específicamente un ser tan sui generis como el cubano, por la hibridez de su genética, por su traumática historia de guerras, dictaduras y corrupciones y por su complejidad egotista (racional e irracional) que se imbrica en una relación de imaginación-realidad corpórea.
En este libro se intenta entonces a través de la intuición, como discurso catalizador, obtener la posibilidad de un acercamiento a ese mundo, en ocasiones misterioso y mágico, de este caribeño insular que es el isleñis cubichi.
Espejismo versus realidad corpórea
Una lectura continuada, de años, digamos, sobre una gran diversidad de temas cubanos, nos llevaría (al menos, pienso que a mí me llevó) a darnos cuenta de que el cubano es muy imaginativo y de rapidísima chispa, pero también —en un cercano sentido a su naturaleza— es contradictorio, paradójico, incluso, y deja de ser pragmático para deslizarse entre los oropeles políticos de una imaginación nada sustentada por una realidad corpórea. Y esto es un problema tan grave que nos llevó, en los inicios de 1959, a confundir promesas, ilusiones y medias verdades con una supuesta realidad que casi nada tenía que ver con el verdadero (y físico) entorno que se estaba llevando a cabo en la Isla. De aquí que mientras los discursos del “Máximo Líder” hablaban eufóricamente de hipotéticas terribles cosas que habían sucedido en el pasado e incluso durante la guerrita librada contra el ejército batistiano, y nos daba —promesa tras promesa— grandes proyectos de futuro, en la realidad física y contextual de toda la Isla se hacían, constantemente, juicios amañados, sin garantías, se apresaban personas arbitrariamente y se fusilaban a cientos de ellas, sin ningún tipo de miramientos. Es decir, los discursos, las promesas, los proyectos eran todo un conjunto de imágenes que iban poco a poco estructurando un Espejismo gigantesco, que después se vino a conformar con cinco primeros mitos que en mi libro alcanzan —a mi modo de ver— la categoría de fundacionales:

Los mitos
—El mito de Robin Hood
—La Isla de la Utopía
—El mito bíblico de David contra Goliat
—La Isla bloqueada por el Imperio
—El mito del Invencible Comandante en Jefe

Los defectos
Indiscutiblemente que el cubano posee grandes virtudes, pero hasta ahora no he podido leer su aceptación de los defectos que tenemos, que también son unos cuantos, y que entre ellos pende —como espada de Damocles— la fácil transformación hacia un ego irracional. De mi libro extraigo entonces este fragmento:
A mi modo de ver, nuestra identidad es indefinida por algunas razones que a veces pasamos por alto, y ha sido así por lo inmerso que hemos estado en el asombro de esas virtudes que siempre nos identifican. Pero si hacemos un esfuerzo y nos salimos del álbum que colecciona las eficacias de nuestros egos, entonces es probable que encontremos el camino para un acercamiento más cabal a la realidad de saber de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos.

Los orígenes
Si estas tres preguntas pueden ser universales, en nuestro caso específico son imprescindibles, pues para contestar la primera no tenemos que pensar que venimos de otra tierra o de otro planeta, sino que debemos analizar nuestros valores genéticos. ¿De dónde venimos?, pues, venimos de una hibridez original, y, al mismo tiempo, una mezcolanza de hibridez muy diversa, digamos: españoles y nativas; españoles y negras africanas y españoles y chinas, o más tarde en el tiempo, con mucha seguridad de mulatos y chinas o chinos y mulatas; o mulatas (tos) con blancas (cos) españoles y así de diversidad en diversidad. Posteriormente, con los años, el criollo se fue fundiendo con otras razas, muchísimas razas, que se iban asentando en Cuba. Por otra parte, y hasta nuestros días, el cubano también se ha repartido arbitrariamente por el mundo y está dando nacimiento a nuevos tipos de híbridos.
Por eso, realmente, pienso —y esto lo planteo más ampliamente en el libro, cuando me propuse pensar en quiénes somos— que no tenemos una identidad definida, sino indefinida. Sería, supongo, una identidad en progreso, debido al cruzamiento tan rápido que siempre hemos tenido a causa de la aculturación (primero) que hemos hecho en otros países; a la aculturación (también primero) que han hecho los extranjeros que históricamente se han residenciado en Cuba y (después) la transculturación que tanto le ha ocurrido al cubano fuera de la Isla como a los de otros países que se han quedado a vivir en ella, en todo el proceso que va desde la Conquista, la Colonia, la República y por último la dictadura castrista.
¿Hacia dónde vamos? Pues no sabemos. Nadie puede decir ni predecir qué seremos. Hemos cambiado mucho y seguiremos cambiando. El cubano, por su indefinición, es y será un ser impredecible, como impredecible sigue siendo el estado de cosas en la Isla. Después de 60 años de dictadura, ni aun cuando se desmoronara esa satrapía castrista y castrense. Ni aun cuando se demolió el Muro de Berlín se pudo predecir lo que iba a ser el cubano.

Evolución-involución
Otro asunto que se activa en el libro es lo de la evolución del cubano: evolución en espiral que procede desde la Conquista. Claro es un proceso lento, porque es una pulsión genética que cae dentro de todo ritmo biológico mediante el tiempo; o sea, su decurso. La evolución del cubano ha ido desde la ignorancia y la incultura (habría que leerse El alma cubana, de Fernando Ortiz, uno de los grandes pilares para este libro, y también, por supuesto a Jorge Mañach y otros) hasta un desarrollo muy positivo durante todos los años de la década de 1950 y que vino a pararse en el exacto año de 1959, cuando a partir de la supuesta Revolución surgió la Involución, y la espiral se fue hacia atrás como un verdadero viaje a la semilla.

Su historia del miedo
Otro tema más en el libro es la historia del miedo en el cubano. Miedo que viene desde la Conquista, cuando los españoles pusieron a trabajar frenéticamente a los indios y también trajeron una cantidad de virus y bacterias que fueron diezmando a la población nativa y, fundamentalmente, por la brutalidad del trato que el conquistador empleó contra el nativo. Este miedo se expandió con la vida miserable de la población esclava, con el temor de los mismos colonos a una rebelión de negros. Con el miedo en las dos guerras de los mambises por la independencia: puro pánico hubo ante la Reconcentración de Valeriano Weyler; el pavor, la alarma y el susto ante las pandillas y gánsteres, y las pequeñas guerritas de la República y, por último (bueno, hasta ahora) el terror, el sobresalto, el recelo, la aprensión y desconfianza, la turbación, el desasosiego y la cobardía durante todos estos 60 años que ha sufrido el apaleado y cambiante pueblo cubano por parte de la dictadura castrista.

Paradoja de suicidio y vida
(Esto es tomado textualmente del libro)
“En mi criterio, y aun reconociendo que el atentado contra la propia vida cuenta con parte constitutiva de la herencia histórica y además por la fuerte influencia del medio, pretendo inducir la idea de que en realidad pudiera existir un elemento más en la psiquis del cubano que, al sumarse a los anteriores contextos que mencioné (el económico, político y social), acelera la depresión a extremos inusitados y reactiva los deseos de morir, de autodestruirse, y es la actitud fatal de la autosuficiencia (claro, hablo de una autosuficiencia temperamental bastante pronunciada y negativamente desgastante, una autosuficiencia colmada de apasionamiento, de instintos y nada de cordura). En otras palabras, hablo del desbocado ego irracional”.
“Esta actitud forma una tendencia a creernos centro del mundo, ser egocéntrico, en mucho es el sentimiento exagerado de ser uno mismo por encima de los demás, y que nos distorsiona, nos desarticula, esa otra imaginación resplandeciente que alguna vez se alcanzó (en un proceso que principalmente podría tomar desde después de la Segunda Guerra Mundial y toda la década de 1950), y que formaba parte de lo mejor de nuestra naturaleza humana y de nuestro espíritu108“.
“Un estado de ser psicológico, pues el desmoronamiento se puede tornar en algo catastrófico; algo que sucedió y desajustó el control imaginativo real que teníamos del mundo, para llevarnos entonces a buscar el cero de la existencia”.
El internacionalismo y el ombliguismo del mundo
“En este tópico, interesantísimo, hay que recurrir a una esclarecedora conferencia de Carlos Alberto Montaner, “Cuba, intervencionismo y pretencionismo”116. Aquí, este analista político hace un recuento exacto y muy singular dentro de la historia cubana, para destacar una buena cantidad de eventos que contribuyeron a formar ese temperamento injerencista del cubano; aunque no creo que, de todos los cubanos, pero sí de una importante cantidad de los mismos, que hasta hoy en día —en mi criterio— no ha sido tomado muy en cuenta por los historiadores y sociólogos”.
“En su conferencia, Montaner deja bien claro este afán del cubano en participar en cuanto suceso internacional importante tuviera lugar, y donde la Isla pudiera involucrarse, como un factor decisivo de hazaña histórica, para conformar así otro de los rasgos que llegarían a definir más su aspiración de ser centro de los conflictos mundiales; protagonismo que le viene de España desde el siglo XVI, por la importancia que tuvo la Metrópoli en numerosos acontecimientos de carácter mundial, y que fueron implicando a los nacientes cubanos a través de distintas etapas de su historia”.
“El internacionalismo así no es otra cosa que una manera más de manipular el ego, cuando este se inclina hacia lo irracional. El ego racional de una buena cantidad de cubanos, es débil, y como este ego se encuentra un tanto cercano al alma, pues debilita ese ánimo que tiene de pensar con inteligencia. Ello hace que dé rienda suelta a sus tontas emociones. En otras palabras, el cubano siempre está presto para creer que, masificando sus almas, en un evento internacional importante, pasarán a la historia como los nuevos héroes de su momento. Entre el miedo por lo que les pueda pasar si no aceptan ir a pelear a Angola y, por otra parte, la creencia de que, definitiva y esencialmente, combaten por un ideal que será reconocido por el mundo y que este ideal no se puede traicionar, entonces terminan cediendo y viéndose así en medio de una guerra que no entienden y que, en definitiva, nunca van a ganar ni tampoco comprender, mientras la sigan pensando desde una absurda, por impuesta, perspectiva patriótica”.
De la mulatez al estereotipo de lo exótico
“El mulato como la mulata pueden ser listos, rápidos, de chispas, como se decía en mi época de juventud (años 70 y 80); y por naturaleza podrían tener una visión más larga que la del blanco y la del negro, puesto que sumarían ambas visiones. Sucede que a los mulatos y a los negros se les ha encasillado en Cuba, antes de 1959 y después de ese año, como seres representativos de lo exótico cubano que tanto atrajo a la cultura light mexicana y al cine hollywoodense de Estados Unidos. El estereotipo que se les ha impuesto es el de bailadores, tocadores de congas, guaracheros de música popular, delincuentes de toda laya y gente a la que le gusta vivir en promiscuidad. Un estereotipo general sería el de marginados, y dentro de este enorme y pérfido saco entran los mulatos. Y la respuesta es que este estereotipo es falso, totalmente falso”.
“Al negro y al mulato nunca se les ha enseñado ni, en realidad, se les ha dado las oportunidades de cómo deben canalizar una vida más dada a la ciencia, a la tecnología y a las humanidades. En general, esa raza, la negra (que es una raza posiblemente fundacional no solo para los cubanos, sino también para todo el género humano en el orbe), en determinados momentos de la Historia del mundo, el negro y posteriormente el mulato han sido desprovistos de posibilidades para una existencia activamente inteligente y cultural, en relación con la vida de un ser humano que quiere progresar. No obstante, muchos negros y, entre ellos mulatos, han logrado sobresalir. Lo que demuestra que sí tienen la suficiente sustancia gris para rebasar cualquier tipo de inferioridad, y que pueden optar por profesiones universitarias. La inteligencia, visión y habilidades, la memoria y el afán de conocimientos no están afectados por la raza, ni por el color, sino por la cantidad de neuronas felices o productivas (como se les quiera llamar) que cada persona (¡de cualquier raza!) pueda tener.
La jinetera ilustrada
“El jineterismo, por su parte, es un producto exclusivo de la dictadura castrista. La versión socialista de la prostitución. La jinetera es la nueva prostituta que pulula en Cuba85. Esta nueva cortesana cubana se diferencia de las anteriores, en la Isla, y de las que han existido y existen en el mundo hoy en día, porque un gran número de ellas son “ilustradas”86, además de ser una de las más baratas del planeta, y de componer una categoría que se divide en varias clases: las carroñeras (de baja estofa, digamos y que buscan a todo aquel que le pague en dólar) hasta las que se dedican a cazar turistas y otras a empresarios y diplomáticos extranjeros87 “.
“El jineterismo es uno de los fenómenos más sobresalientes del total desastre social que impera en Cuba actualmente, y en esta categoría podemos incluir todo lo que atañe a la prostitución en general, incluyendo el proxenetismo y la pornografía infantil que han sido temas alarmantes desde hace muchos años a la fecha”.

El poco conocido sonido de la otra música
“A diferencia de la buena música popular, que presenta un frente sólido, podría decirse que las excelentes interpretaciones de las orquestas sinfónicas y grupos de cámara, la creación de óperas y ballets, de innumerables obras orquestales y para pequeños conjuntos han sido (y son aún) el estado de un umbral entre el sí y el no, digamos, en el que este tipo de música compleja, también llamada clásica, ha conformado un submundo que, por diferentes razones, ha reflejado siempre un brillo intermitente entre épocas de nuevas potencialidades creadoras y otras de silencios y vacíos que terminan en incertidumbres o en caminos inciertos en los que solo recibimos la tenue luz de una penumbra”.

“Durante el siglo XIX, y en la primera mitad del XX, se hicieron muchos esfuerzos por resaltar la cultura de los clásicos en casi todos los géneros teatrales y musicales, pero, a la larga, nunca la imagen de una Cuba culta pudo imponerse en forma mayor, como sí lo ha hecho la imagen de la Cuba típica, habitual, de ritmo trepidante. Esto no quiere decir que el sentido artístico de ese sonido no fuera bueno, sino que, por ser lo popular demasiado bueno y además mucho más apegado a lo comercial, terminó siempre imponiéndose como el modelo o representación de una abrumadora proyección creadora. Desde luego, tomada en su totalidad, la Isla siempre ha sido un hervidero de creatividad, en todos los géneros musicales”.

Manuel Gayol Mecías. Escritor y periodista. Ganó el Premio Nacional de Cuento de la UNEAC en 1992 y en 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericana de New York. Ha publicado una decena de libros entre los que figuran La penumbra de Dios (ensayo), Ojos de Godo Rojo (novela) y La noche del gran Godo (cuentos). Trabajos suyos han sido traducidos al inglés y al italiano. Es miembro del Pen Club de Escritores Cubanos y de la Academia de Historia de Cuba en el exilio. Es vicepresidente de Vista Larga Foundation y dirige la revista Palabra Abierta y su editorial homónima.
El lanzamiento del libro 1959. CUBA EL SER DIVERSO Y LA ISLA IMAGINADA, se efectuó en el Festival VISTA el pasado 15 de diciembre, en el Miami Hispanic Cultural Arts Center, obra que sin duda será muy polémica y que aporta muchos aspectos a tenerse en consideración a la hora de analizar la nacionalidad y la complejidad de la sicología de los cubanos, así como los factores que hasta la fecha han influido en la percepción que tenemos de nosotros mismos, desde los estudios de los etnólogos y antropólogos de la era republicana, hasta los acontecimientos políticos y sociales que han conmocionado nuestra historia reciente.

 

 

 

 

 

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Acerca de la poesía de Fina García Marruz

La gravedad y la gracia de las miradas perdidas
Por Ivette Fuente de la Paz

De la vastísima obra de Fina García Marruz, prima el interés la convergencia de temas que, al parecer deslindados y desviados de un común eje, se integran para ofrecer una medular concepción de su poesía: como los “secretos del mirar atento” de Eliseo Diego, son en ella “la gravedad y la gracia” de las “miradas perdidas” que pronuncian los arcanos de la Forma.
Desde Las miradas perdidas (1951) se advierte en su poesía una relación particular con la realidad asumida en su carácter simbólico, emblema manifestado en ese “rostro” como apariencia visible de una esencia invisible, tal y como dice la poetisa: “…toda apariencia es una misteriosa aparición”.
En su obra se manifiesta aquello que se intuye como “oculta armonía”, captada desde las cosas más sencillas y “pobres”, las aparentemente más insignificantes, apegadas al vivir, poesía que es un canto a la rerum natura (al estilo lucreciano) donde la “naturaleza de las cosas” resalta en su propia llaneza, sin más rebuscamiento que aquel que precisa su “misteriosa aparición”. Y para que no huya ese ser misterioso que asoma tras las cosas como epifanía natural, es que Fina –como recuerda su propio verso- quier(e) “escribir con el silencio vivo”, para que el ser mismo del universo captado por su mirada, al derrotar la máscara muestre su “verdadero rostro”.
Tanto en sus primeros libros como luego en Visitaciones (1970), así como en otros textos de espléndida madurez, encuentran espacio todos los asuntos y motivos que se abren a la luz de aquellas “miradas perdidas”, para integrarse al ruedo de una “armonía cósmica”. De este modo, todos los temas señalados por la crítica (ética, religión, conocimiento del mundo) como gajos de una misma “raíz poética”, se avistan desde una “radical extrañeza”, lo que no es óbice de lejanía pues son parte de una realidad que asoma como propia, pero que se aprehende en el deslizamiento previo y requerido por su exterioridad, ese que señala el misterio de lo “exterior de la poesía” –que tan bien se explica en el ensayo homónimo- y que constituye el punto de entrada, pórtico del alma por el que se abarca la plenitud íntima, vedada, secreta. A la par que Friedrich Schelling, filósofo alemán propugnador de una “filosofía de la naturaleza”, con quien encontramos comunidades de espíritu y puntos de contacto sorprendentes, Fina García Marruz parece decirnos que “la naturaleza es el espíritu visible, y el espíritu es la naturaleza invisible”, lema igualmente caro a Heráclito de Efeso, cuando expresara que “la naturaleza ama esconderse”, secreto de su movilidad y volubilidad o, como dijera Jacques Maritain sobre el amor, que configura en el interior la Forma que trasciende toda Forma, “metáfora del corazón” como vía de conocimiento del mundo, que es el conocimiento poético, en el que insiste Schelling cuando expresara que “el amor es el lazo de todas las cosas”, correspondencias con el trasunto poético en Fina que por la “visión exterior” de un Objeto llega a su “entrega amorosa”.


A nuestro juicio, el libro Las miradas perdidas, a la vez que anuncia los ideotemas que se revelarán con fuerza en su obra posterior, atiende a todas las expresiones válidas a sus concepciones poéticas, concertadas en la propia estructura: “Las oscuras tardes” (poesía intimista, del recuerdo, que se acompaña siempre con una especial calidad mística); “Las miradas perdidas” (paisaje interior y exterior, inmanencia aprehendida pero siempre trascendida); “La noche en el corazón” (los paisajes exteriores apresados, entrañados y devueltos en su peculiar palabra): “Dos cartas” (punto de flexión, contacto o viraje de sus temáticas); “Sonetos de la pobreza”; “Los misterios” (ambas secciones donde el sentido de lo católico de aborda y expresa con mayor plenitud); “Variaciones sobre el tiempo y el mar” (enlace de todos sus sentidos anteriores, donde el tema de lo católico como misterio de la figura, se enlaza al misterio de los rostros, las personas, el derredor).
Ya Cintio Vitier había advertido con gran tino, el elemento de evocación por vía de la memoria llamado por él la “imaginación del sentimiento” (con el que califica igualmente a Eliseo Diego) y que da una especial connotación a los paisajes interiores destacados a partir de un visaje de lo exterior, en lo que el crítico Jorge Luis Arcos llamara “estética de lo Exterior” y que si bien alcanza en estos poetas origenistas distinciones importantes, los comunica con la base objetual, próxima y familiar de sus contenidos, al revelar la esencia que los enlaza y los engarza al entorno.
Ese dominio abarcado por la mirada se exterioriza como “forma”, figura que guarda latente una esencia aún más íntima. Es lo que Merleau-Ponty llamaría “fenomenología de la percepción”, Jacques Serrano “milagro de la expresión” y que para el filósofo F. Schelling fuera la más simple relación de la figuración con la naturaleza, base de toda prodigalidad y manifestación de lo real.
En este especular del objeto como forma, se avista un particular pensamiento poético allegado a la fenomenología (quizás aquella señalada por Edmund Husserl en las “objetividades esenciales” que sitúa en lo aparencial del mundo una vía de penetración de sus esencias) tesis básica del ensayo “Lo exterior de la poesía” que apela a una “exterioridad mucho más profunda”, que va más allá de lo “externo-conocido” para aproximarse, pro el misterio de la Forma, a lo “externo-desconocido”, “verdadera allendidad de lo Exterior”.
Estas figuraciones que en Fina superan la más notoria de “cuerpo”, se deslizan en los nítidos contornos de todo lo expresado, sean objetos, rostros, sentimientos, para llegar a su “misterio”, milagro de la propia existencia, pensamiento sostenido en un sensorialismo de reminiscencia neoplatónica y sufí. El modo de sentir los detalles del “mundo” como epifenómeno que se “asoma” y se debe tomar en toda su dimensión y altura, y que en Eliseo Diego se define en su proceso de “nombrar las cosas”, es en Fina García Marruz la posibilidad de percepción espiritual, intuición poética a la vez que mediadora de la realidad primera, prescindible de ésta en un nuevo rango de realidad, lo que para el pensamiento oriental (básicamente sufí) fuera “lo imaginal” y que en Fina se manifiesta en el concepto eminentemente católico de “misterio”. Pero ese misterio, sabemos, no se queda en el signo, sino que se abre a lo infinito por perfectibilidad hacia Dios, imagen detonante que traspasa ese “externo-conocido” y que continúa su marcha hacia lo insondable que es lo “externo-desconocido” porque va más allá de la imagen hasta el caudal de lo “imaginario”.
Esa propensión al traspaso y superación de la primera Forma, como apariencia, es el síntoma más auténtico de la poesía, sustento de las palabras del francés Gaston Bachelard cuando dice que “el valor de una imagen se mide por la extensión de su aureola imaginaria”, lo que supera la simple memoria para entrar de lleno en el plano de “lo imaginal”, imaginación que, como dijera el filósofo David Hume, rompe el orden y la forma del fenómeno reflejado (“previo desorden de los sentidos”, diría la poetisa aludiendo a Rimbaud) enriquecido ahora por una absoluta “libertad”, la que en Fina no es una “pasión de la voluntad” sino un “acto del pensamiento”, una “visión”, un “acto de mirar”. El misterio de la Forma que se transvierte, inaudito, desde “el ojo mismo de la poesía” para llegar a “lo visto”, sin artilugios, es el tema de su monumental poema “Transfiguración de Jesús en el monte”, allí dice:

En el Monte su cuerpo no resiste a Aquel que / nunca supo pensar nada que no pudieran / compartir su pecho o sus dos manos; /oh, difícilmente podríamos comprenderlo, El se/ ha vuelto totalmente exterior como la luz; como la luz El ha rehusado la intimidad y se ha / echado totalmente fuera de sí mismo…

“Transfiguración de Jesús en el Monte” compendia formas y contenidos, sentimientos y presupuestos estéticos y brinda de manera pura y explícita la esencia del cuerpo en la parábola cristiana de la excelsa Forma, que en la luz de Dios permite exteriorizar el misterio guardado en el interior.
De este parangón advertido, destaca asimismo la “estética de lo Exterior” de la poética de Fina -que en Eliseo Diego tomara cuerpo en la fenomenología del espacio y la dialéctica del “adentro y el afuera”- y que en ella se hace dicotomía del estar y el no estar de la apariencia, misterio entre la forma de un ser en el espacio y el tiempo, y la fuga de ese espacio, tal y como se aprecia en uno de sus más conocidos poemas, “La demente en la puerta de la Iglesia”, donde dice: “Mirad que esa demente es quizás tan sólo un / esplendor incomprensible, / pero decidme a qué alude su flor pintarrajeada, / y esa tremenda suerte de aislamiento, / qué ha podido llevarla al extraño país de su / avarienta mirada sujetando la miseria / como una moneda..”, “extraño país” que fuera “el extraño pueblo” que acogiera su “Convalecencia” (como los extraños pueblos eliseanos), extrañeza incomprensible de esa figura que parece decir también: “No sabes de qué lejos he llegado / a morirme y a estar entre vosotros / y hasta qué punto he sido detenido / de la mágica tela de los otros” (“No sabes de qué lejos he llegado”). Linde del misterio, como “superficie casta y pura”, que como imagen supera el propio ser pensado en la sabiduría de su forma, aparece en Fina el motivo del “rostro ”adonde asoma ese mismo misterio, como umbral (“Vedla sentada a la puerta de su rostro”) y como primera luz (“Será su rostro la primera / luz que contemple el alma renacida”) y que es otra señal de la integración que hace la poetisa de la subyacencia católica y los signos inmanentes del mundo.


El tema del “rostro” es uno de los más notorios índices de la calidad de lo exterior y la dialéctica de las cotas espaciales, donde la superficie es el único límite, imágenes superpuestas de esas distintas figuras que se alcanzan dentro del tiempo, alertas a la fuga que a veces debe contener la “máscara” como a un “principio eterno” infinitamente devuelto, desvanecido. Lo “figuracional” que tanto tiene que ver con el tema del tiempo (una de las recurrencias de tan distintos matices en los poetas origenistas), se expresa de manera ceremonial en el hermoso poema “Canción para la extraña flor” que se enlaza sutilmente con el tema medieval de “la rosa”, que es el mismo canto a la fugacidad efímera de las cosas, que alcanzara su punto culminante en la “ronda de la muerte”, “variaciones” de un mismo asunto de consonancia universal que se expresara además en el ubi sunt (señalado también en otros poemas, como en “Extraño condiscípulo”, en “El distinto” o de cierta manera en “El bello niño”) como añoranza y nostalgia, y que en igual tono hace decir a la poetisa: “Quién te podrá tocar sin espanto? Lejana es tu / presencia como el cuerpo de la nieve. / He aquí que estás entre mis dedos prestándoles / una suerte de atenta delicadeza / de aquí que toco y siento esa velada distancia / que no podemos nunca atravesar”. Pero si en sus poemas de mayor cercanía con el entorno, la costumbre, la familia, la figura es la contención del espíritu que pugna por denostar su presencia, su potencia de ser, en los poemas donde el sentimiento católico se vuelca con mayor plenitud y fuerza, ésta alcanza su punto culminante, tema que a veces secunda una intención de mayor profundidad eidética que enaltece su leit motiv.
Consustancial a la Forma y como un rango a la vez que poético, estético en su poesía, “las miradas” son un recurso que se entraña en lo vital y así en lo vital poético de García Marruz. En “Lo exterior de la poesía” insiste Fina en el impulso (“volición” diría el poeta Edgar Allan Poe) que abre las compuertas de un trasfondo esencial, y que crea la “verdadera libertad” de una imaginación que proviene, para ella, de la visión. La incorporación del mundo, el develamiento del manto protector de las superficies, el ahondamiento en la multiplicidad de lo real con la conciencia unitiva de ver más allá de las imágenes para “saborear” su misterio –así como fuera la “filosofía del acto” que es el “saber saboreando” en el sufismo-, son los “secretos del mirar atento” (“lo poético” para Eliseo Diego) de una visión del alma (“saber del alma” de María Zambrano), acto de mirar que es el salto “…a la orfandad divina, / (…) del ojo que te mira y que me mira” (“¿Soy yo la que desprende…”) juego vivencial de entrar al mundo, salvar sus límites, por los juegos de la mirada: “Qué extraños ojos se apropian la mirada! / Quién me vio allí, te vio, a quién veíamos…” (“El distinto”); miradas perdidas que se acoplan al “ojo de la certeza” (de la mística sufí) para llegar, en el “Nacimiento de la Fe”, hasta Dios: “Ahora creo, Señor, en tu mirada, / en mi obra y oscuro sacrificio, / con esa fe que se alza de la nada”.
Pero esa mirada no proviene de los “ojos abiertos” –que quedarían, como sentidos de apropiación del epifenómeno de lo aparencial, en lo “exterior-conocido”- sino “de la visión del ojo cerrado”, “videncia” guiada por la intuición de “las miradas perdidas”, sabiduría de gracia –diría Santo Tomás- sabiduría por iluminación –sería para San Agustín- que entronizan ambas en una sabiduría poética como un “saber del alma”.
El instante del fulgor poético puede asemejarse con ese momento en que ocurre el “destello” –concepto de la mística sufí-, difícil concurrencia de los “primeros rayos de la manifestación de la Esencia” antes de llegar al ocaso en su extinción. El raro equilibrio entre ese mundo corpóreo que se desvanece y el mundo espiritual está fijado por una “distancia mágica”, medida cifrada entre “el ojo y lo mirado” que sólo se salva en un único fulgor de lo poético como “espacio imaginado” o más precisamente, como espacio de “lo imaginal”, más allá de la imaginación como proceso, instante cuando lo invisible toma realmente forma, a través de la invocación y la figuración para vencer la “exterioridad”.
De este modo la intención de ver por “las miradas perdidas” es el significado más propio del poetizar, lo que para Ibn Arabi fuera la contemplación por “el ojo de la certeza”. Por esta alta facultad de la visión (al-bash) se alcanza la visión contemplativa o interior (basîrah), que es la visión del corazón, imprescindible huella que destaca la idea de las “razones del corazón” del filósofo francés Blaise Pascal en la que vemos reflejada con tanta fuerza el sentido de la visión interior tratada en el sufismo y que sustanció el concepto de “razón poética” en María Zambrano, vía por la que dejó huella en los poetas origenistas. Con mayor profundidad insiste Ibn Arabi en esta facultad de la mirada al contemplar lo esencial como modo de “mirar” a Dios, en un juego de identidad y semejanza que se opera en la dimensión de “los espacios intermedios” donde se confunden los rostros y las visiones entre el Yo y la Otredad, “mirar atento” que es la mirada que refleja, en la búsqueda de Dios, el visaje del propio corazón.
En busca de lo “exterior-desconocido”, sumergida en la propia “exterioridad”, Fina llega a aquello que llamara Schelling “el alma de la forma” que es el alma de la naturaleza, como anima mundi. Por su especial sintonía con una filosofía de la naturaleza (que resuena con aquella “filosofía natural” de la que nos hablara Cintio Vitier sobre José Martí), Fina transita, a través de su “mirar atento” por los grados de develación del alma del mundo: Primero por la Forma (determinada), luego por la fecundidad (que es su sentido), para llegar a la Gracia (la forma desplegada) y finalmente al Alma (por su revelación). El impulso del tránsito es el amor “a la superficie casta y triste”, por ella se alcanza “una unidad extraña”.
Continuidad de una poesía sembrada en las miradas perdidas y crecida en palabras o silencios que se complementan, con la obra de Fina García Marruz se asiste a un esplendor poco frecuente: el fuego de la hoguera, percibida tras “un cristal que casi no se advierte”, flamea, y al final vemos que la intensidad de “su exterior” ha sobredimensionado el calor de una primera, desconocida llama.
Josefina García-Marruz Badía
Conocida internacionalmente como Fina García Marruz nació en la Ciudad de La Habana el 28 de abril de 1923. Estudió la primaria en el Colegio Sánchez y Tiant y el bachillerato en el Instituto de La Habana; se doctoró en Ciencias Sociales en la Universidad de La Habana en 1961.

Dra. Ivette Fuentes de La Paz
Ivette de los Ángeles Fuentes de la Paz (La Habana, 20 de mayo de 1953)
Doctora en Ciencias Filológicas (1993) y Doctora por la Universidad de Salamanca (2016). Ha desarrollado su labor profesional como editora, especialista literaria, directora del Proyecto Casa “José Lezama Lima” (Ministerio de Cultura), especialista en teoría y estética de la danza de la revista Cuba en el Ballet (Ballet Nacional de Cuba), y como investigadora literaria (Instituto de Literatura y Lingüística, Ministerio de la Ciencia).

 

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Antonio Rodríguez Delgado y La Mística del Sonido (Colección Ensayo)

Por Victor Toledo

La sentencia de Martín Heidegger: sobre que sólo quedan las huellas de los dioses y hay que saberlas rastrear, ver, en este caso oír, leer para hacer del mundo una casa luminosa, se aplica plenamente a este libro y su título: La huella del sonido, sinestesia del maestro Antonio Rodríguez, uno de nuestros grandes pedagogos.
La sabiduría, tanto general como concreta, sobre el instrumento de Hermes, Apolo y Orfeo, recorre estas páginas como las huellas luminosas, las notas solares, que cantan la canción de la vida y de su sentido divino.
El interior refleja el exterior, el instrumento es el arma del alma individual.
Si se supera el ego, el artista se acerca a lo sublime.
La armonía universal es la armonía individual y viceversa: gran secreto del ejecutante que ha alcanzado el más alto escalón de la maestría. Sincronizar el todo y el detalle es la clave, la llave de sol, la que abre la Puerta. “Dios está en los detalles”.
El ejecutante es el propio sonido de la luz.
Cita a Miguel Ángel Buonarroti: “Dios, libérame de mi mismo para poder complacerte. O recuerda: “excelsa voluntad de buscar la esencia de Dios por el camino de la belleza.” Porque estamos ante una poética órfica y su catábasis, el arte de un alma pura es la revelación y su renacimiento para alcanzar la inmortalidad, la divinidad.
El orfismo de Mauricio Fichino y la alquimia se funden en su teoría.
A veces parece que nos habla de la revelación e iluminación de Hermes. Y de las iluminaciones del Tao, no parece, aparece las vibraciones de la escala entera de los colores y sus signos con su simbología, primero es el símbolo, el címbalo, después la realidad.
La música es la alquimia de las notas, los elementos trasmutados, decantados, en sonidos.
“Recomiendo evitar injerencias, incluso de los mejores exponentes, cuando aún no hemos alcanzado nuestro sonido”. Nuestra voz, nuestro propio ser, búsqueda general y esencial del gran artista.
Así entran en armonía espíritu y cuerpo: “Si partimos del equilibrio mental en la ejecución, lo lógico es que ese balance perfecto se somatice en una postura correcta donde sólo se aplique la fuerza necesaria, se recorra la distancia más corta y no la más larga a la hora de seleccionar los dedos que buscan las cuerdas, aplicando una aproximación al instrumento donde lo natural y el respeto a lo anatómico, entren en conjunción sin artificios ni exageración. Se genera una simbiosis en la que el intérprete se funde a su instrumento, y ambos desparecen y se trasforman en algo nuevo y mágico.”
Aplica la magia y la alquimia –así como una lógica precisa- entre cuerpo y alma, a la enseñanza de la guitarra.
El gran maestro Antonio Rodríguez ejecuta la sinfonía universal del conocimiento ejerciendo su profundo conocer espiritual en su instrumento, que es el alumno iluminado por la misión órfica trasmitida.
La sabiduría alquímica, la órfica, la oriental y en general el conocimiento clásico espiritual del alma y del espíritu es novedosamente aplicado a la enseñanza de la guitarra, amén de su propia y amplia experiencia como guitarrista y maestro.


Verdadero Maestro que ha logrado sus mejores éxitos en las manos de sus alumnos, transformadas por ese espíritu universal del conocimiento -por la inmortalidad y desde la inmortalidad- en alas que vuelan superando la esfera terrestre y temporal.
Un conocimiento profundo y refinado de la técnica pero guiado por la premisa del Espíritu, del Espíritu universal y trascendente como Sentido de la vida, como revelación del Ser.
El Maestro Antonio más que un maestro de guitarra es un maestro de las artes más secretas esotéricas, un guía inédito en la soteriología: del sentido órfico musical, cósmico y poético (claro que en esta raíz nos recuerda a su gran compatriota José Lezama Lima, y sus ensayos, La cantidad hechizada, Introducción a los vasos órficos, que guiaron a la poesía cubana por el camino más brillante de la isla y de manera señala en nuestro continente).
Su misión es una misión trascendente, su labor humanística y espiritual atemporal.
Sabe que lo importante en la enseñanza de la lira-arco no es enseñar a dar en el blanco (objetivo común) sino saber tensar el arco, puesto que entendiendo esta premisa fundamental el blanco justo y preciso se alcanza por sí sólo. El saber tensar el arco es saber tensar el alma con el espíritu del universo. Las cuerdas de la guitarra son las cuerdas de la trayectoria de nuestro sistema planetario, la guitarra es el propio universo que el alumno deberá aprender a pulsar sin titubeos, armonizando la tensión entre el espíritu (el corazón, la sensibilidad, la pureza del alma) y el cuerpo (las manos, el cerebro, la técnica, la teoría), entre la mente y la materia.
El artista es un demiurgo que debe armonizar, afinar, las notas entre el cosmos y el hombre, entre la vida y la muerte, entre el alma y el cuerpo, entre el tiempo y la trascendencia. Antes que nada, conociendo este secreto hermético (de Hermes, el Dios y el egipcio iluminado) entonces el alumno está preparado para ser un verdadero y gran ejecutante de la lira del universo. Y, por lo tanto, entregar, prodigar esta armonía benevolente, bendecidora y sanadora a los hombres.
La armonía concitada desde las esferas más altas y profundas del universo salva al mundo, Yo-viendo en la tierra y haciéndola florecer de forma espiritual y material.
Esta dialéctica entre el espíritu y el manejo de la materia, donde se da la primacía a la conciencia de lo espiritual trascendente y posteriormente a la técnica dominada (por el control mental consiente) es una verdadera pedagogía que viene a contrastarse con el inmediatismo de la búsqueda del éxito egoísta y fácil pero vacío de nuestro tiempo, donde, precisamente, sólo se encuentra por este camino el vacío, el hueco existencial del ejecutante, el vacío de la falsa música y la nada del fracaso final.
El viaje catábico de Orfeo es una odisea del alma al inframundo para su iluminación, su Anábasis: el triunfo de la luz y la conciencia, el renacimiento y la felicidad sempiterna, el poder de hacer conmoverse a las piedras y ser seguido por su música por el bosque encantado. El triunfo de la vida sobre la muerte, es el verdadero poder del arte que revela el maestro esencial. Sólo por esto vale la pena el sacrificio del duro oficio, pero feliz en la plenitud terrestre y astral.
El artista, como el poeta, como el dios de la música y de la poesía, Orfeo, es alguien que nos conecta herméticamente, a través de su arte, con los tres reinos: el inframundo (el sacrificio, donde se fragua el renacimiento), el celeste (que buscamos alcanzar) y el terrestre (donde llegamos a perfeccionarnos).
Es alguien con el poder de conmover la materia, traer la luz del espíritu divino, sanar y llenar al mundo de belleza, de armonía y de bondad.
Esta es la verdadera transformación del mundo que propone en su enseñanza el gran maestro cubano enraizado en nuestro país, la revolución es la instauración del espíritu en el reino material. En esto coincidimos plenamente, absolutistamente, con él.
El mundo al revés que habitamos será –a través del verdadero y gran arte-, no importa el resabio idealista o romántico, sino la esencia shamánica, de nuevo, un mundo prístino y noble, habitado por dioses y estrellas luminosas que llegaron a superar el ciclo infinito de las reencarnaciones y de la búsqueda de la perfección.
Tenemos entonces con esta obra un libro que es el libro del profundo secreto espiritual de la guitarra. Un texto que al abrirse nos conduce a las puertas –lo digo sin exageración- de la inmortalidad.

La Mística del Sonido

Víctor Toledo es un poeta y traductor de la generación de los llamados “poetas de los cincuentas”. Además de sus obras en el género de la poesía ha traducido a los mejores poetas rusos y es creador de los rosagramas (sonetos: caligramas en forma de rosa). Estudió en la universidad Lomonosov de Moscú donde recibió el título de doctor en filología rusa en 1992 y recibió una beca del Concejo Nacional de Cultura de México (CONACULTA) para traducir la obra poética completa del poeta ruso Osip Mandelshtam, en 2004. Impulsor decidido de una poesía experimental, es miembro del concejo de redacción de la revista Biblioteca de México y desde 2009 es director de la colección de poesía, ensayo y cuento “La Abeja de Perséfone” (BUAP). El gobierno de Veracruz lo nombró veracruzano distinguido en el año 2000. Recibió la Medalla Pablo Neruda de Honor Presidencial, del gobierno de Chile, en 2004, junto a Andrés Henestrosa, Marco Antonio Campos y Eduardo Lizalde, en México, la cual es otorgada a grandes personalidades en el mundo.

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Junto a la Ventana de Aleida Lliraldi

Por Reynaldo Fernández Pavón
Vitrales C.E. pone a disposición de los lectores el libro de poseía Junto a la ventana de la periodista Aleida Lliraldi en su colección Guijarros.

Tuve el privilegio de conocer a esta poetiza en la década del 60 del pasado siglo, Aleida estudiaba en la Escuelas de Artes Dramáticas de la ENA. Recuerdo dos dones que la distinguían, el primero , su amor por las artes escénicas y el segundo la cualidad de ser una excelente lectora.
En Junto a la Ventana, Aleida Lliraldi  ejerce la contemplación existencial de una cotidianidad que es parte de la historia personal de su generación, de la época maravillosa en la cual el amor a todo vuelo se comunicaba con una mirada o con un beso, lenguaje que, convertido en verso, y sin retórica; crea un sitio de imágenes y metáforas donde no aparecen cánones preestablecidos y como quien dice: – Aquí estoy yo,  escribe:

“ Cuando te leo se eterniza lo breve”

Poesía de amor que nos revela la presencia de una sensibilidad que ha crecido en la extraterritorialidad como ha sucedido con un firmamento de escritoras cubanas que tienen como antecedente a la escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda, publicada en España antes que en Cuba y tristemente desconocida entre cubanos.

Detrás de la femeneidad hay una voz que logra ser muy intensa, nótese que en este género poético siempre me ha sorprendido lo agresivos que pueden llegar a ser los poemas escritos por mujeres como en el poema “Giros” en el que imaginamos “la campana sonando después de cada giro”, con sus múltiples lecturas.

Aleida ubica en su justo sitio -por ausencia- el mundanal ruido, y los temas antipoéticos que con frecuencia invaden hoy las letras, como lo son la pornografía literaria, y la propaganda política.
Desde su Reino de Imago fluye la poesía y desde ese universo se llega al momento después de la poesía…y es que “el otro” ha sido superado para continuar latiendo en el escenario de la vida, y ambos , escritor y objeto de la poética, se han convertido en una experiencia única e irrepetible que se acrecienta en sus manos.

Este libro de poemas busca su significado íntimo en tiempos en que se alejan unos de otros ensimismados en la realidad virtual que crea la tecnología, en los utensilios electrónicos en que los individuos se sumergen hasta desaparecer; entonces estos versos sencillos que nacen de la húmeda bruma y del olor a cuerpos terrestres, cobran vida y nos muestran que la vida existe cada vez que la noche pasa en espera de que alguien la descubra.

Es por esa razón que escribo desde la complicidad de los poetas y no desde los presupuestos de la crítica.
Celebro que la escritora de Junto a la ventana se cante a si misma en una poética sostenida que puede tocar el alma o ser parte de la historia personal de cualquier ser humano. Aleida Lliraldi nos invita a pararnos junto a su ventana, mirar a la distancia y comprobar que es cierto, todavía existe la brisa marina, la geografía de los cuerpos y la posibilidad de un encuentro.

Este libro puede adquirirse en amazon.com

 

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Pensamientos en La Habana

Acerca del ensayo reflexivo en Cuba. Algunas figuras emblemáticas. (Parte I)

Dijo el filósofo Roberto Agramonte sobre la historia del pensamiento cubano, que es la “marcha del espíritu hacia la autorrealización de la idea de libertad y hacia la sustitución de una fe muerta por una fe viva”1, lo que decide que dentro de la historia de las ideas filosóficas en Cuba haya un escalón superior al que aspira la “marcha del pensamiento” deparado al hombre y “todo lo bueno de su existencia”.

En Cuba no podemos hablar, dentro de la tradición de pensamiento, de filósofos “puros” —como creo que nunca podría hablarse como tales en toda la historia de la filosofía— sino de hombres volcados en la acción civil, pedagógica, científica, política, cuyos pensamientos condujeron a formar una conciencia común y a cimentar las bases de un pensamiento que calzaría tanto la acción individual como la colectiva.

Tal postura en que se erige tanto la conciencia nacional como el pensamiento filosófico define su sentido de funcionabilidad y vitalidad, y así la objetividad y sentido de la historia, ligada a su vez a un idealismo que sólo la vocación por la libertad y la fe por “lo que es bueno en la existencia” concertaban, rasgos que peculiarizan y fundamentan la filosofía en Cuba.
Por la propia evolución del pensamiento latinoamericano, por su génesis y por las coyunturas sociopolíticas que fueron conformando su estructura, los temas, tal y como fueron también en el ámbito internacional, serán los que centran sus miras en lo propiamente humanístico, al considerar al hombre la materia a alcanzar en toda su riqueza y vastedad. El hombre, protagonista de las aspiraciones políticas, sociales, humanistas, intelectivas y artísticas de anteriores siglos es, ahora, el centro del quehacer filosófico, pero no sólo en su acción, o sea, en su proyección “experimental”, sino en todas las aristas que componen su ser esencial. Más allá de su ser físico, el plano de lo supraterrenal es también óbice de su actuar, ligado en el espacio americano no sólo a lo histórico circunstancial, sino a las leyendas y mitología, cartografía mucho más abarcadora y esencial que la prevista. Es la nueva concepción americana de la historia, su cultura, su mundo, el ser y el conocimiento, a partir de un extrañamiento de lo sentido —vivido (Dilthey); intuido (Bergson), procurado por la voluntad (Nietzsche, Schopenhauer), y aprehendido de la realidad.

Coordenadas habaneras durante la República. –
La fuerte vinculación de los pensadores cubanos con la realidad sociopolítica y el carácter funcional y vital, además de emotivo, de la filosofía en Cuba, hizo que fueran acogidas aquellas doctrinas foráneas que más se adaptaban a sus propios valores para así ponerlas en función de los intereses nacionales. Por la búsqueda añorada de la dimensión espiritual cubana y por el rescate de esta vocación lograda por la revalorización de nuestras tradiciones a través de la exégesis filosófica, las ideas provenientes de Europa en los albores del siglo XX que se asimilaron fueron aquellas que centraban sus miras en la conceptuación de la vida y el hombre como eje protagónico, valor primordial que hacía del rango afectivo y sensitivo un nuevo modo de filosofar. De este modo tuvieron particular atención los pensamientos de Wilham Dilthey, Edmund Husserl, Henri Bergson, Sigmund Freud y José Ortega y Gasset, que calaron profundamente en la reflexión filosófica cubana.
A escala mundial, el siglo XX perfiló su mirada reflexiva en resquicios de la realidad tan insospechadamente amplios como pequeños, esto es, proyectó el objeto de reflexión a los planos macrofísicos y microfísicos, lo que evidenció una total revolución del pensamiento.

Cuba no estuvo ajena a los cambios producidos a escala mundial que llevaron a una crisis de los fundamentos de las ciencias, en particular las ciencias positivas, muy en consonancia con las corrientes intuicionista y vitalista. La base fundamental de este cambio no era rechazar la realidad como fuente de valor, sino modificar el espectro de lo real, extendiéndolo no a algo más que la mera experiencia sensorial, sino a las esencias que constituyen otra dimensión del mundo físico. A lo que se unía la nueva óptica de las ciencias físicas, con todo el protagonismo que la realidad “invisible” y así la posibilidad ficcional, obtenían. El positivismo, de este modo, se volvía ya inoperante frente a corrientes de pensamiento mucho más dúctiles a las dimensiones y elementos integrantes de la realidad, aristas donde la mente humana encontraba su sitial de un modo mucho más orgánico y veraz, apoyado en el triunfo del espíritu sobre el desmoronamiento de lo material que trajo por consecuencia la Primera Guerra Mundial.
El cambio de mentalidad observado a escala mundial que igualmente condicionó los nuevos derroteros de las ideas en Cuba con el redescubrimiento de una espiritualidad subyacente ha sido muy bien expresado, como “espíritu de época”, por Ortega y Gasset:

El vigor intelectual de un hombre, como de una ciencia, se mide por la dosis de escepticismo, de duda que es capaz de digerir y de asimilar […] Los principios físicos son el suelo de esta ciencia, sobre ellos camina el investigador. Pero cuando hay que reformarlos no se pueden reformar desde dentro de la física, sino que hay que salirse de esta. Para reformar el suelo es preciso, evidentemente, apoyarse en el subsuelo. De aquí que los físicos se viesen obligados a filosofar sobre su ciencia, y en este orden el hecho más característico del mundo actual es la preocupación filosófica de los físicos .

El punto de vista de Ortega y Gasset, expresión de sus concepciones vitalistas y de la primordial función que otorga a las vías de conocimiento centradas en la razón humana, conforman una óptica integral de valoración del conocimiento, sea cual sea el ámbito de proyección. Esa integridad avizorada por el conocimiento aunado en el “saber”, sostiene el afán apologético de una filosofía que rompe los lindes entre ciencias (positivas y humanísticas o sociales) para conjuntarlas en una.
No fue difícil para el pensamiento cubano, impregnado de una vocación apologética (muy definida por el pensamiento martiano, guardado como culto por generaciones de estudiosos) aprehender este cambio de mentalidad y asimilar las tendencias filosóficas que abrían cauces hacia la interioridad del hombre, nacidas de una razón más profunda, propia de las dimensiones de su espiritualidad. En otras palabras, José Martí expresaba esta concomitancia de las líneas de indagación para un conocimiento superior, asunto que refiere en su “Prólogo al Poema del Niágara”:

Pero en la fábrica universal no hay cosa pequeña que no tenga en sí todos los gérmenes de las cosas grandes, y el cielo gira y anda con sus tormentas, días y noches, y el hombre se resuelve y marcha con sus pasiones, fe y amarguras; y cuando ya no ven sus ojos las estrellas del cielo, los vuelve a los de su alma .
Para el pensamiento cubano, el afán de integrar los planos de conocimiento del mundo, ya sean estos sensibles o metasensibles, inmanentes o trascendentes, es el soporte que le permite asimilar las posturas filosóficas que responsabilizan al hombre con su ser y estar en el mundo, aplicando su voluntad y comprensión de su papel dentro del contexto vital y social que habita el hombre con “vigor intelectual”, el mismo que establece Ortega cuando lo hace “dudar” y “hallar” el sentido del mundo gracias a la abierta actitud mental.

  1. José Ortega y Gasset: ¿Qué es la filosofía? Madrid, Alianza Editorial, 1982, p.43.

Ivette de los Ángeles Fuentes de la Paz (La Habana, 20 de mayo de 1953)

Doctora en Ciencias Filológicas (1993) y Doctora por la Universidad de Salamanca (2003). Ha desarrollado su labor profesional como editora, especialista literaria (Ministerio de Cultura), directora del Proyecto Casa “José Lezama Lima” (Ministerio de Cultura), especialista en teoría y estética de la danza de la revista Cuba en el Ballet (Ballet Nacional de Cuba), y como investigadora literaria (Instituto de Literatura y Lingüística, Ministerio de la Ciencia). Es actualmente directora de la Cátedra de Estudios Culturales Vivarium y de la revista homónima y profesora de Literatura Hispanoamericana y de Estética en el Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos P. Félix Varela. Es además investigadora adjunta del Museo Nacional de la Danza.

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El Repatriado, la crónica novelada de la tragedia de una familia.

Por Miriam Rodríguez Izquierdo.
Mucho tiempo estuvo rumiando Reynaldo Fernández Pavón su crónica novelada El Repatriado, dudaba si con esa historia se podía hacer literatura, pero en su interior, algo le decía que era necesaria. Poder influir, alertar o convencer para que la demagogia populista no arrastre a los pueblos hacia el caos totalitario, es un propósito muy válido. Reynaldo sintió que esta historia traspasaba los límites personales y locales, y que su proyección se hacía universal por la función que debía cumplir, y ello fue suficiente acicate.
Bien por el autor. Desmitificar a la revolución cubana en América Latina es un deber y un objetivo sumamente importante porque allí, en los libros de historia, los alumnos estudian la malvada utopía que —como dice Reynaldo— “ha destruido a millones de seres humanos a su paso por la tierra”.
Es difícil hablar de esta novela cuando se es doliente. Gran parte de los cubanos tiene una historia kafkiana similar que contar, y hasta peor. Se nos despojó de la despreocupada inocencia de la niñez, “ni los niños podíamos estar al margen del proceso”. Fuimos adultos desde la adolescencia porque la revolución nos obligó a tareas que no eran propias para la edad, como enviarnos solos —y solas— a las montañas a alfabetizar, o a recoger café, en lugares inhóspitos, aislados de todo, sin seguridad alguna. Y así alejarnos de los padres, del calor y de la educación de nuestros hogares (proceso que se ha dado en llamar “el destete”). Nos crearon la amenaza del imperialismo para educarnos en la guerra, manejar armas, estudiar táctica militar, participar en preparaciones combativas, y pelear —o morir— en guerras que no eran nuestras. Nos decían que éramos libres de decir lo que pensábamos, pero cuando lo decíamos se nos expulsaba de los centros de estudio, se nos marcaba como criteriosos o conflictivos. La propaganda educaba también en la intolerancia, creyendo sólo en la verdad absoluta de la revolución. Y desgraciadamente todavía hay cubanos que no han aprendido la dramática lección de los actos de repudio, —o no les ha convenido aprenderla—.
A pesar de todo, las esperanzas de los padres —y las nuestras— nos impulsaban a participar heroicamente con hambre, esfuerzo y miseria en la “construcción del socialismo”. Y se malogró nuestra juventud, pero la madurez, fue mucho más trágica porque ya sabíamos que nos habían estafado. Y de la vejez, mejor no hablar, sobre todo de los que siguen viviendo en la Isla. Es demasiado triste y bochornosa. Naufragaron los sueños, y la vida de cada generación durante seis decenios, fue abortada; Y lo peor es que continúa la pesadilla.
Trabajar y participar por obligación en las “tareas revolucionarias” se hacía cuesta arriba porque ya no había energías ni impulso para continuar. Se cerraba el camino de la vida: O te vas del país, o mueres en la cárcel, o te resignas a seguir viviendo en cadenas. Cada cual busca su manera de sobrevivir o de salvar a los suyos. Hoy, internet y los celulares inteligentes abren un margen de cierta protección a los disidentes. Antes, morías en la cárcel o te desaparecían, y sólo la familia y los amigos lo sabían. Había una impunidad que existe todavía, pero al divulgarse lo que ocurre, sirve de alguna protección.
La novela El Repatriado sirve como una amena fuente de conocimiento y alerta sobre los demagogos que cantan al oído de los pueblos las melodías que los pueblos desean escuchar para engañarlos y pisotearlos: para muestra, un botón, dicen los venezolanos. A pesar de los sinsabores, el escritor nos trasmite la honda nostalgia que sienten él, y su generación, por los momentos que vivieron noctámbulos y felices, a pesar de la dictadura. Sonreímos cuando nos recuerda el viejo banco de la entrada de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de la Habana, y los sitios a los que todavía podían ir los cubanos; el programa ¨Nocturno¨ que nos aliviaba la carga ideológica y propiciaba la evasión. Nuestra juventud arañaba la vida con el amor y la amistad, dos ingredientes que en pasadas épocas fueron aliciente genuino y desinteresado. Nos amábamos porque sí.
El autor nos deleita otra vez, —como en su novela El Lirio del Prado—, describiendo la flora y la fauna cubanas, los secretos del monte, las preciosas polímitas, el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre y los Remedios, a la que los cubanos -y muchos latinoamericanos- aman. Y vuelven sus páginas impregnadas de sensibilidad humana y amor hacia sus personajes, que son sus compatriotas; y también la comprensión hacia los trucos y mañas de supervivencia que los cubanos atesoran, y la poesía, siempre la poesía salpicando sus páginas, como cuando describe el malecón habanero como “alfombra de la noche y frontera que se extiende entre el cuerpo insular y el deseo infinito”. ¡Dios! No conocía una imagen poética más abarcadora y hermosa de nuestro malecón. Esta crítica es una invitación sincera a la lectura de esta novela que se encuentra a la venta en amazon.com.


La profesora de español Miriam Rodríguez Izquierdo es Licenciada en Lengua y Literatura Hispana en la Universidad de la Habana. Comenzó su actividad profesional como asesora en el reconocido grupo Teatro Estudio. Fue directora de la Casa de la Cultura de Bejucal, donde desarrolló una relevante actividad cultural reconocida por la comunidad y los artistas y escritores que formaron parte de la programación de dicha institución Realizadora de documentales en la TVC. Ha sido corresponsal de prensa de El Alcatraz en Barlovento, trabajo periodístico por el cual ha recibido una condecoración.

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Declaración de Eniola Media

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California, a los 26 días del mes de mayo del 2018

 

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El premio y otros relatos, y Rai y su marmota de Pilar Heredia Perona.

El premio y otros relatos, y Rai y su marmota de Pilar Heredia Perona.
Por Reynaldo Fernández Pavón
La mayor parte de los entendidos comparten la idea de que la literatura infantil se dirige al lector de las primeras edades, se trata en general de textos aptos para los niños y adolescentes, y textos que dirigidos a adultos pueden ser leídos por lectores más jóvenes, en este género literario desde luego se incluyen las obras escritas por los propios niños.

El concepto de literatura infantil, es sin embargo, muy complejo de abarcar; en ocasiones integra todas las manifestaciones que utilizan la palabra con finalidades artísticas, y en otras, encontramos a aquellos que niegan que la literatura debe incluir el apellido infantil -o cualquier otro-, pero en la intimidad de los escritores y compositores, es de común acuerdo que las canciones, poemas, cuentos y relatos, dirigidos a los niños y adolescentes, requieren de un talento peculiar que habita, cada día que pasa, en menos creadores, géneros que posee rasgos que resultan difíciles de definir, sobre todo, cuando se canta o se escribe para niños que no se conciben a imagen y semejanza de los propios adultos, este es el caso que nos ocupa en la lectura de los relatos y cuentos de la escritora española Pilar Heredia Perona.

El premio y otros relatos, y Rai y su marmota y otros cuentos (2017), son libros que pueden definirse como literatura infantil, por la función social que esta escritora otorga a sus obras, creación literaria que posee un profundo arraigo popular presente en la tradición oral de las regiones rurales de España, y que la autora adquirió en aquellos tiempos en que un cuento se utilizaba para dormir a un niño, en pueblos que tardaron mucho en conocer los medios de masivos de comunicación, cuando no existían videojuegos, y sabíamos disfrutar de todas las maravillas que la imaginación desplegaba ante un soldadito de plomo, o con un carrito construido con cuatro chapas de cerveza y una lata de leche condensada.

Mientras leía estos cuentos y relatos me dije: -Qué importante sería para el presente y el futuro de este pequeño planeta, que los padres, antes de irse a la cama, volviesen a sentarse junto a sus hijos menores a leerles cuentos y contestar las preguntas insólitas que suelen hacer los niños antes de dormirse. Veo además otra función muy loable en estos libros de Pilar Heredia: despertar en los adultos la memoria del niño que llevamos por dentro, nadie sabe de hecho lo que hay en el fondo del espíritu humano.

Independientemente de ideologías, creencias y diferencias culturales, estos cuentos transitan de una manera muy especial por el tiempo de la tercera edad, al final de El hermoso gato negro, en la página 86 del libro El premio y otros relatos, hay un epigrama que versa:
El gato
unos días no viene,
otras viene dos veces.
Y recordé a la primera mascota que mi padre trajo a la casa, -Pom-Pom, nombramos a ese perrito- era como un peluche de algodón… Un día al regreso de la escuela, entre corriendo como siempre para jugar con Pom-Pom, pero esa tarde, el perrito no estaba, salió a la calle a sus andadas. No supe lo que le aconteció al pobrecito, -creo que no quisieron decírmelo-…Pero nunca, nunca, he dejado de esperar su regreso…

Cabe destacarse la manera tan personal en que Pilar Heredia describe los sitios que crea la imaginación infantil, siempre más prolífica que el conocimiento – ¿quién no tuvo un amigo imaginario en la primera edad? -. Y valga la intención de inculcar amor a la naturaleza y al resto de las especies, y de mencionar los valores que están en riesgo de extinción.

La literatura infantil es la cenicienta del mundo editorial, prueba de ello, lo es el hecho de que los libros de Pilar Heredia Perona, -muy bien editados por cierto-, son ediciones personales, realizadas con mucho esfuerzo por parte de esta escritora en un país como España, donde se patrocina, una enorme cantidad de concursos literarios nacionales e internacionales anualmente.

Transitan por las páginas de los cuentos y relatos de estos dos libros, hermosos osos panda de la China, el onagro de Siria y Siberia meridional, el elefante indio, el zorro polar, el oso malayo, el pavo real y el argalí de las montañas de Asia central, criaturas que esperan por una mano solidaria que les toque para que sigan adornando el mundo. Ojalá que así sea.
Pilar Heredia nació en Tomelloso (Ciudad Real) un 22 de enero de 1944. Ha publicado Versos para andar por casa (2012) El vino, el pan y otros relatos (2015) y el poemario Sin puntos ni Comas (2016).

Pilar Heredia nació en Tomelloso (Ciudad Real) un 22 de enero de 1944. Ha publicado Versos para andar por casa (2012) El vino, el pan y otros relatos (2015) y el poemario Sin puntos ni Comas (2016).

 

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